Artículo de Laura Ramos
Parisa Delshad es profesora en la Universidad de Salamanca e investiga la diáspora iraní, con especial atención a cómo las personas que forman parte de la diáspora representan a Irán y al movimiento feminista.

Fotos: Mayid Saídi
En Irán hay voces, así como de algunas personas de fuera de este país, que aseguran que este país ha venido siendo democrático y la calidad de vida en él ha venido siendo buena. ¿Qué les dirías a las personas iraníes y a las de fuera del país que dicen esto?
Conozco a muy poca gente que haya hecho tal afirmación, y dudo que alguien que sea mínimamente honesto consigo mismo o que entienda el significado de la democracia pueda sostener que en Irán existe una democracia. Lo que sí existe, y es muy importante tenerlo en cuenta, es que los esfuerzos por hacer de este país una democracia y los movimientos colectivos hacia ella nunca se han detenido. Sin embargo, a lo que hay en Irán no se le puede llamar democracia en absoluto. En cuanto a la calidad de vida, esa es otra cuestión, especialmente tal como planteas la pregunta, ‘ha venido siendo’, implica una continuidad que simplemente no existe La calidad de vida no se ha mantenido buena; al contrario, ha empeorado para la mayoría de la población. Especialmente desde las sanciones, vemos cómo la clase media se ha empobrecido de forma acelerada y ha sido empujada hacia la pobreza. Dudo que alguien que esté en contacto con la realidad de la vida en Irán pueda negar este hecho.
Sin embargo, en relación con ese ejemplo concreto que mencionas (como entrevistadora le había mencionado el ejemplo de una joven refugiada que conocí que negaba que hubiera falta de democracia y represión en Irán hace un año), al introducir la variable de la migración, la cuestión debe abordarse de otra manera. Evidentemente, en Irán, antes de la guerra y en las zonas no afectadas por la guerrra la vida cotidiana seguía y sigue siendo posible: la gente mantiene sus rutinas, cuenta con sus familias y, dentro de una lógica social que lleva décadas en funcionamiento, la mayoría continúa viviendo su día a día. Es decir, con los recursos que ofrecía la vida en el Irán posrevolucionario, ha existido una cierta continuidad y un cierto orden que, probablemente, en comparación con la experiencia migratoria—especialmente cuando esta es difícil y está marcada por el trauma y el estrés—puede hacer que la vida resulte más llevadera (sobre todo en un caso como el que mencionas, en el que uno acaba de llegar a un país tras haber recorrido, probablemente, un trayecto largo y peligroso).
Irán, especialmente antes de las sanciones, contaba con un nivel de vida relativamente alto, y con el deterioro de las condiciones económicas, la clase media ha intentado mantener ese nivel, lo que probablemente constituye una de las principales razones del descontento: las expectativas y hábitos de la clase media ya no se corresponden con los recursos disponibles. Aun así, pese a las dificultades económicas, dentro de Irán existen otros mecanismos que permiten sostener la vida cotidiana, y en mi opinión estos mecanismos se apoyan en el tejido social y en las redes humanas de las que la mayoría de los iraníes se beneficia: la familia, los parientes, los amigos, las instituciones, el conocimiento del sistema y, especialmente, la lengua. Todo ello, en comparación con las dificultades de la vida migratoria, puede percibirse como más favorable.
Sin embargo, sin caer en la falsa dicotomía de si es mejor vivir en Irán o fuera de él, cabe señalar que las condiciones económicas dentro del país se han deteriorado considerablemente, y que las desigualdades políticas agravan aún más la situación. Esto hace que los iraníes aspiren constantemente a una vida mejor y que, al enfrentarse a un sistema represivo que desde sus inicios ha estado marcado por conflictos y amenazas externas, estas demandas hayan sido respondidas de manera extremadamente violenta y costosa.
Hay personas que aseguran que para los iraníes es preferible aguantar los bombardeos actuales que seguir aguantando el régimen de los ayatolás ¿Qué les dirías?
No se puede negar que hay personas que han afirmado algo así. Sin embargo, como una forma sencilla y bastante eficaz de abordar este tipo de generalizaciones sobre “el pueblo iraní”, podemos empezar preguntando: ¿quiénes son exactamente “los iraníes”? Irán tiene cerca de 90 millones de habitantes. ¿En qué se basan afirmaciones de este tipo? ¿Se apoyan en encuestas? Evidentemente, no. Incluso si, solo por seguir el argumento y poniendo un ejemplo bastante absurdo, aceptáramos provisionalmente que todas las personas que no votaron en las últimas elecciones presidenciales están a favor de la guerra, y que solo quienes apoyan al régimen y participaron en las elecciones se oponen a ella. Aun así, estaríamos hablando de unos 24,5 millones de personas. Y si quisiéramos reducir aún más la cifra, limitando a los opositores a la guerra únicamente a quienes votaron por candidatos principalistas–o conservadores– (Saíd Yalilí y Mohamed Baqer Qalibaf), seguiríamos hablando de alrededor de 13 millones de personas.
Planteo este ejemplo deliberadamente absurdo solo para mostrar, mediante un razonamiento sencillo, lo erróneo de esa afirmación. Porque, más allá de cualquier cálculo—y dejando de lado mi propia experiencia personal con personas que son a la vez contrarias a la guerra y al régimen—la razón y el sentido común nos llevan a no negar la existencia de individuos que no encajan en estas clasificaciones reduccionistas.

Esta lectura es profundamente sesgada, reductora y peligrosa. Por lo tanto, afirmar que “los iraníes” están dispuestos a aceptar ser bombardeados a cambio de liberarse del régimen es incorrecto. A menos que se pretenda cuestionar la “iranidad” de quienes se oponen a la guerra—algo que, lamentablemente, también es una postura extendida, profundamente peligrosa y en contradicción con la misma democracia que todos decimos desear.
Pero, ¿qué puedo decir a aquellos iraníes que sostienen una postura así? Lo que deseamos que ocurra y lo que realmente es posible o probable son dos cosas distintas. Si realmente buscamos un cambio, la esperanza tiene que fundarse en la realidad y en las posibilidades concretas; de otro modo, no es esperanza, sino autoengaño. Quizás la idea de estas personas—como la de muchos otros individuos e incluso gobiernos que se sorprendieron por la capacidad militar de la República Islámica—era que en Irán ocurriría algo parecido a Venezuela y que, mediante una operación breve, tal como afirmó Trump al inicio de la guerra, se abriría el camino hacia la transición. Si después de un mes de esta guerra devastadora aún no han reconocido el error de esa suposición, eso es precisamente un ejemplo de pensamiento ilusorio que no conduce a nada.
Si preguntamos a los iraníes que viven bajo las bombas—porque también hay muchas personas en Irán que aún no han experimentado directamente el horror de los bombardeos, no han sido desplazadas ni han visto sus vidas trastornadas, y que quizás incluso piensen que, mientras otros paguen el costo de esta “libertad”, la guerra puede continuar—, pero si preguntamos a quienes sí han vivido bajo las bombas, a las madres que han perdido a sus hijos, a las mujeres desplazadas, a los niños que han quedado huérfanos, a quienes han perdido su trabajo y cuya situación actual es incluso peor que la difícil situación previa a la guerra, si les preguntamos si esta guerra les ha traído algo mejor, probablemente, si logran no insultar al interlocutor, no golpearlo ni llamarlo traidor o ignorante —es decir, si logran contener la rabia—, dirán que no están dispuestos a pagar en solitario el costo mortal de ese supuesto camino hacia la libertad.
Pero, estamos en la quinta semana de guerra, y muchas de las personas que al principio la apoyaban han cambiado de opinión, al darse cuenta de que la guerra no es un menú de restaurante donde se puede elegir qué se destruye y qué se conserva. La guerra es guerra: y como se dice en Persa, lo seco y lo húmedo arden juntos.
¿Qué quiere decir esa frase hecha de “lo seco y lo húmedo arden juntos?
josh k o tar ba ham misooze, como explico en el texto, literalmente quiere decir: en un fuego, lo seco y lo húmedo arden juntos. Se usa para decir que cuando ocurre algo negativo (castigo, problema, crisis), no solo afecta a quienes son culpables, sino también a personas inocentes.
¿Cómo crees o percibes que debe de sentirse la mayoría de personas iraníes en este momento?
Mira, desde que comenzó la guerra, cada día, cuando me ducho o abro el grifo de agua caliente y veo que el agua corre, cuando como, cuando voy al trabajo o cuando miro el cielo azul del que no cae nada, en una palabra, cada vez que veo que la vida cotidiana sigue su curso, no dejo de pensar en cómo puede ser la vida para los iraníes cuya existencia se ha reducido a la mera supervivencia, a la espera y a la resistencia.
Según las últimas cifras que tengo, alrededor de dos mil civiles han muerto y 3,2 millones de iraníes han sido desplazados, tanto dentro del país como fuera de sus fronteras. Y eso afecta precisamente a un pueblo que apenas estaba empezando a recomponerse, intentando entender lo que le había ocurrido en enero y buscando cómo salir adelante. Estábamos aún de luto y conmocionados por la violencia de aquellos acontecimientos, vemos ahora cómo la vida de los iraníes se ha reducido a una mera supervivencia y a una espera absoluta, en condiciones que son miles de veces peores que antes. La vida para los iraníes se ha abierto hacia un futuro profundamente incierto, una incertidumbre cargada de riesgos extremos que no tiene nada que ver con la incertidumbre anterior, más vinculada a la falta de bienestar o de perspectivas favorables. Cada vez que escucho o leo sobre ataques a infraestructuras como centrales eléctricas o depósitos de agua, no puedo dejar de preguntarme si hay otra forma de reducir la vida moderna a una nuda vida. A partir de las conversaciones con amigos que han estado y están en Teherán, así como de las imágenes y los informes que he visto y leído, me imagino unas condiciones extremadamente duras y oscuras para la población iraní.
¿Qué es una “nuda vida”?
Es de Giorgio Agamben y se refiere a una vida reducida a su dimensión biológica, sin derechos políticos ni protección legal. Un ejemplo extremo es el del “homo sacer” que se refiere a alguien que puede ser eliminado sin que ese acto sea considerado un crimen. Aun así, en medio del desconcierto y el miedo, la vida continúa. Las instituciones, afortunadamente, aún siguen en pie, responden a la destrucción e intentan mantener el curso de la vida y aliviar el sufrimiento de la población. Por otro lado, la gente también se ayuda mutuamente y, incluso en estas circunstancias tan duras, busca formas de abrir espacios que hagan la vida un poco más llevadera para los demás. Pero espero sinceramente que esta guerra termine cuanto antes, porque su prolongación solo seguirá imponiendo un coste cada vez mayor sobre la población.
Cuando le pregunté sobre la postura de «no a la guerra» y mencioné la opinión de algunos activistas iraníes fuera de Irán —que dicen que quienes gritan «no a la guerra» en realidad están poniendo la soga al cuello de los presos políticos—, me respondiste que los propios presos políticos tampoco han estado todos a favor de la guerra…
No es necesario mencionar nombres que son más conocidos en Occidente, como Nazanin Zaghari-Ratcliffe y otros presos políticos que firmaron una carta dirigida a Keir Starmer pidiéndole que evitara entrar en guerra. En lugar de una referencia de ese tipo, prefiero mencionar a una mujer que sigue en prisión: Sepideh Gholian.
Sepideh Gholian, una importante activista política que lleva años encarcelada, es autora del libro El club de reposteras de la prisión de Evin (The Evin Prison Bakers’ Club), en el que comparte 16 recetas de dulces desde el interior de la prisión de Evin. Es uno de los mejores libros que se pueden leer. A través de estas recetas, Gholian ofrece un retrato de la situación de las mujeres encarceladas. En la introducción, además, parece invitar a quienes leen a escribirle cartas, a hablar con ella, a dejarle mensajes. Incluso incluye un ejemplo de conversación, probablemente ficticia: una carta escrita desde la voz de una “señora S”, que se queja de una de sus recetas. Esa “señora S” es probablemente ella misma, como si estuviera manteniendo una conversación consigo misma. Esta carta puede leerse como una metáfora de su forma de lucha. En ese intercambio imaginado, la señora S le pregunta a Gholian sobre la guerra, y ella responde así:
Le diré mi opinión sobre la guerra. Todo esfuerzo pretende ir de “lo malo a lo bueno”. Ir de un tipo de mal a otro tipo de mal, o incluso peor, será un arrepentimiento histórico para los iraníes. Quienes recurren a la súplica y al ruego para convertir Irán en un campo de batalla tendrán como ganadores, si la República Islámica permanece, a la propia República Islámica, y si no permanece, por un gobierno instaurado por las fuerzas que hayan derrocado este régimen. Romper a la gente y destruir la vida no es nuestro terreno. Por eso convertimos la amargura de la prisión en dulzura.
Cuando una presa política muestra tanta paciencia, cabe preguntarse de dónde proviene tanta prisa en algunos de estos otros activistas.

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